La bondad de Dios,
Evidente es, para con los suyos;
Palpable, en todos los caminos,
En cada recorrido,
Que se tendrá, que enfrentar.
Mas, en instancias,
Por mirar el mal, puede caer,
Porque despierta, envidia,
Por verlos, prosperar.
Pareciera, que no tienen congojas,
Que no atraviesan, trabajo,
Como otros mortales;
Ni son castigados,
Como otros, humanos.
Sintiera, que la soberbia los premia,
Que su violencia, libre corre;
Se ven prosperados,
Logrando acumular, caprichos, riquezas.
Se burlan de lo sacro, justo, divino,
Hablan fortalecidos, en su maldad,
Hablan, con altivez, arrogancia,
Sin temor, a lo que esperan.
Estos paganos, sin oposición,
Al cansan fortuna,
Amasan bienes,
Viviendas, en las alturas.
Debido a esto,
Puede pensar el justo,
¿En vano he hecho lo recto?
¿Mantener lo puro y limpio?
Porque soy, flagelado,
Porque atravieso, castigo;
Mas si hablase con ellos,
Posible es, que tentado sería;
Empero, lo resistí.
Pero fue en Tu Templo,
Que me hiciste comprender,
El fin de aquellos, que lejos de Ti, están.
Deslizan hacia el infierno,
En destrucciones, caerán,
Como sueño, del que despierta,
Salió de la fachada, que el mal,
Pudo escenificar;
Se llenó, de amargura su alma,
Torpe era, no entendía,
Vendrá la hora, juicio merecido.
Más no se apartó, mantuvo su fe,
Fue guiado, por lo que El, dictamina;
Porque fuera de su fe, nada busca en tierra.
Es que entiende, que perecer es alejarse,
Destrucción, es lo que le espera,
A los que se apartan;
Mas determinado, prosigue,
En su esperanza y el bien,
Que el Señor exige, de los que lo siguen.